no sabía cómo prepararía cuatro desayunos antes de salir al trabajo.
Habían pasado siete años.
En aquel tiempo cometí errores, tuve miedo, perdí empleos y necesité aceptar ayuda en más ocasiones de las que alguna vez imaginé.
No había conseguido reconstruir exactamente la familia con la que soñé cuando nacieron mis hijos.
Habíamos construido otra.
Una donde la ausencia de Rebeca no se ocultaba, pero tampoco determinaba cada conversación. Donde Mariana podía ser querida sin ocupar el lugar de nadie. Donde doña Clara seguía siendo parte de nuestra vida y