dinero. Nunca preguntaron cómo seguía la pierna de Sergio. Tampoco saben cuántas noches nos quedamos trabajando para que nuestros empleados recibieran su sueldo.
Mi madre permaneció inmóvil.
—Y ahora vienen a decirme que les corresponde una parte de todo aquello.
—Somos tus padres —repitió, aunque esta vez con menos seguridad.
—Ser mis padres no les da derecho a administrar mi matrimonio ni mi patrimonio.
Mi padre se pasó una mano por el rostro.
Parecía haber envejecido diez años desde que llegó.
—Gabriela, necesito explicarte algo.
Mi madre se volvió inmediatamente.