muñeca derecha palpitaba dentro de la férula y los dedos de mi mano izquierda estaban adoloridos por tantas horas de práctica.
Sin embargo, cuando bajé las escaleras, descubrí algo que me sorprendió.
Lorena estaba sentada en la cocina, desayunando tranquilamente.
—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó.
—A presentar mi examen.
Soltó una carcajada.
—¿Con esa mano? No hagas el ridículo, Mariana.
Mi madre apareció detrás de ella.
—Hija, deberías aceptar que este año no podrás conseguir ese empleo.
Las miré durante unos segundos.
—Ya veremos.
Salí sin decir nada más.
Karla