La mañana de mi examen, mi hermana me sujetó del brazo en el garaje y me rompió la muñeca. Mientras yo gritaba de dolor, mi padre solo dijo:

después de incorporarme al despacho, uno de los socios me entregó una carpeta relacionada con una cartera de créditos hipotecarios vencidos.

Al revisar los nombres de los deudores, sentí un vuelco en el estómago.

Arturo y Patricia.

Mis padres.

La documentación mostraba que habían hipotecado su vivienda y respaldado varios préstamos destinados a financiar los negocios de Lorena.

La deuda acumulada superaba los seis millones de pesos.

Habían invertido cantidades enormes en una empresa inmobiliaria que apenas tenía operaciones reales.

Otros movimientos correspondían a gastos personales, viajes y compras que