inmobiliaria, aunque llevaba casi dos años sin cerrar una operación importante.
Vivía con nuestros padres, Arturo y Patricia, quienes pagaban sus tarjetas, sus viajes y hasta la mensualidad de su camioneta.
Yo, en cambio, tenía que aportar dinero para los servicios, comprar mi comida y soportar constantes comentarios sobre lo poco que había conseguido.
Aquella mañana bajé al garaje para sacar mi automóvil.
Lorena apareció detrás de mí cuando estaba abriendo la puerta del conductor.
—¿De verdad crees que te van a contratar? —preguntó.
—No tengo tiempo para discutir contigo.