La mañana de mi examen, mi hermana me sujetó del brazo en el garaje y me rompió la muñeca. Mientras yo gritaba de dolor, mi padre solo dijo:

ciudad. Eran dos jornadas de evaluaciones, con análisis de expedientes y pruebas escritas que debían resolverse a mano.

La ganadora obtendría una plaza como abogada litigante, un sueldo de 58 mil pesos mensuales y un bono de contratación de 100 mil pesos.

Para mí, aquella oportunidad significaba algo mucho más importante que el dinero.

Significaba salir de la casa de mis padres.

Significaba dejar de vivir bajo las humillaciones de mi hermana.

Y, sobre todo, significaba ser libre.

Lorena tenía 28 años. Se presentaba ante todos como una exitosa asesora