La mañana de mi examen, mi hermana me sujetó del brazo en el garaje y me rompió la muñeca. Mientras yo gritaba de dolor, mi padre solo dijo:

sonrisa de Lorena.

Recordé a mi padre ordenándome mentir.

Y comprendí que había conseguido algo mucho más valioso que un buen sueldo.

Había recuperado el derecho a decidir sobre mi propia vida.

Aquella noche Karla vino a cenar a mi departamento.

Mientras contemplábamos las luces de Guadalajara desde el balcón, me preguntó:

—¿Alguna vez has pensado en perdonarlos?

Me quedé reflexionando.

—Tal vez algún día pueda hacerlo. Pero perdonar no significa volver a permitir que me lastimen.

Mi amiga sonrió.

—Siempre pensé que ibas a convertirte en una excelente abogada.