miré de reojo.
—Entonces tendrás que prometerme que no hablarás de negocios.
Alexander levantó ambas manos.
—Prometido.
Durante la cena descubrí algo inesperado.
Alexander no había aparecido en mi vida por casualidad.
—Conocí a tu madre —me confesó.
Dejé el tenedor sobre el plato.
—¿Cuándo?
—Yo era un adolescente. Mi padre trabajaba con su fundación. Una vez me llevó a uno de sus conciertos benéficos.
Sonrió, casi avergonzado.
—Me quedé dormido durante la primera pieza.
No pude evitar reír.
—Mi madre habría estado encantada.
—No tanto. Cuando desperté, ella estaba