es suficiente.
—No —dije—. Déjala terminar.
Mi madre lloraba abiertamente.
—Al principio guardaba sus cosas.
—¿Qué pasó?
—Empecé a quitarlas.
Una foto.
Luego otra.
Una caja.
Un vestido.
—¿Las tiraste?
—No.
Eso me sorprendió.
—Entonces ¿dónde están?
Miró a mi padre.
—En un almacén.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nunca las destruí.
—Me dijiste que se habían perdido durante la mudanza.
—Mentí.
Sentí que el enojo regresaba.
—¿Por qué?
—Porque no podía tenerlas en casa.
—Pero tampoco podías tirarlas.
—No.
Fue la primera grieta que me permitió entenderla sin justificarla.