dinero y demasiados proyectos.
Años después compraron aquella casa cuando la zona todavía no tenía las villas de lujo que la rodeaban ahora.
Julián había trabajado jornadas interminables en una empresa de instalaciones eléctricas. Carmen había llevado durante décadas una pequeña gestoría.
Nada había llegado gratis.
Ni el jardín.
Ni las habitaciones.
Ni las paredes blancas que Lucía ahora consideraba antiguas.
Carmen levantó la mirada.
—Álvaro, mírame.
Él tardó unos segundos.
—¿Sabías lo de este documento?
—Mamá…
—Solo te he preguntado si lo sabías.
Lucía intervino:
—No tienes derecho a