a Granada, probablemente habría regresado 7 días después y su llave ya no habría abierto la puerta.
Aquella idea la persiguió durante semanas.
A veces despertaba a las 3:00 convencida de haber oído un coche.
Se levantaba.
Miraba desde la ventana.
Comprobaba la alarma.
Nuria empezó a cruzar cada mañana con 2 cafés.
No preguntaba demasiado.
Se sentaban en la terraza mientras el sol iluminaba las buganvillas.
—¿Lo echas de menos? —preguntó una mañana.
Carmen tardó en responder.
—Echo de menos al hijo que creía tener.
—No es exactamente