Carmen sintió una calma extraña.
—¿Adelantar qué, Lucía?
La mujer no respondió.
—¿Mi ausencia? —preguntó Carmen—. ¿Mi desaparición de mi propia casa?
Lucía comenzó a llorar.
—Ahora suena horrible.
—También era horrible entonces.
Pasaron varios segundos.
—Lo siento.
Carmen apoyó una mano sobre el interfono.
Había esperado aquellas palabras durante meses.
Y, sin embargo, no abrieron ninguna puerta dentro de ella.
—Gracias por decirlo.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Algún día podrás perdonarme?
Carmen pensó antes de responder.
—Tal vez deje de sentir rabia. Pero perdonar no significa volver a darte