comerciales.
Al principio, aquella división tenía sentido. Él sabía vender una idea. Yo sabía convertirla en un negocio.
Cuando la empresa creció, contratamos directores, administrativos y asesores.
Y yo cometí un error que ahora me parecía imperdonable.
Empecé a confiar tanto en Ethan que dejé de revisar personalmente cada documento financiero.
—Estos son los pagos —explicó Margaret.
Observé la pantalla.
Había transferencias mensuales de cinco mil, ocho mil y doce mil euros. Algunas estaban registradas como gastos de consultoría. Otras figuraban como anticipos para proyectos.
Todos los beneficiarios pertenecían a