Durante meses había pensado en venderlo, devolverlo o arrojarlo al mar.
Al final decidí algo mucho más sencillo.
Se lo entregaría a mi abogado para que su destino quedara resuelto junto con los asuntos patrimoniales pendientes.
No necesitaba un gesto espectacular para cerrar aquella etapa.
Solo necesitaba dejar de llevar su peso.
Guardé la caja.
Entonces sonó el teléfono.
Era mi madre.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo está el mar?
Miré las olas.
—Precioso, mamá.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
Pensé en aquella noche de lluvia.
En la ecografía.
En Ethan diciéndome