calle.
El aire estaba fresco.
En el escaparate de una perfumería vi una colección de labiales nuevos.
Entré y elegí uno de un tono rojo intenso.
La dependienta me preguntó si quería probarlo.
Sonreí.
—No, gracias. Prefiero llevármelo cerrado.
Cuando llegué a casa, lo abrí frente al espejo.
La punta estaba perfecta.
Sin marcas.
Sin huellas.
Sin señales de que alguien hubiera decidido por mí.
Me lo apliqué lentamente y me observé unos segundos.
Por primera vez en mucho tiempo, reconocí a la mujer del reflejo.
No era la esposa