sentido.
—Sabías exactamente lo que estabas comprando, ¿verdad?
Arturo sonrió.
—Por supuesto. ¿Creíste que iba a regalarte una casa bonita para que vivieras feliz? Quería que entendieras lo que vale tu independencia.
Entonces se acercó a la cama de Víctor y dijo algo que terminó de demostrarme la clase de hombre con quien había compartido doce años.
—Vamos a ver cuánto tardas en cansarte de cuidar a este inválido y regresar a suplicarme que te reciba.
No sabía Arturo que, al pronunciar esas palabras, acababa de perder para siempre lo