único que todavía conservaba de mí.
Mi miedo.
PARTE 3
—Sal de aquí, Arturo —le dije, señalando la puerta.
Mi esposo dejó de sonreír.
—¿Cómo dices?
—Que salgas de mi casa. Ya no tienes derecho a entrar cuando se te antoje.
—No olvides quién pagó esta propiedad.
—Y tú no olvides que firmaste la escritura de cesión. Ahora esa mitad me pertenece legalmente.
Arturo abrió la boca para responder, pero Víctor se adelantó.
—La otra mitad es mía. Así que, por primera vez en mucho tiempo, los dos propietarios estamos