se había llevado alimentos: también faltaban medicamentos y dinero.
Lo más triste fue descubrir que Víctor sabía que le robaban.
—No la despedí porque pensé que nadie más aceptaría atenderme —confesó.
—Eso no significa que tengas que soportar maltratos.
—Cuando dependes de alguien hasta para alcanzar un vaso de agua, empiezas a aceptar cosas que antes jamás habrías permitido.
Aquellas palabras me dolieron.
Porque, aunque nuestras circunstancias eran distintas, yo conocía demasiado bien esa sensación.
Durante doce años había aceptado humillaciones por miedo a quedarme sin hogar.
Víctor había aceptado