lágrimas en sus ojos.
Empezamos despacio.
La fisioterapeuta acudía tres veces por semana. Los ejercicios iniciales eran sencillos, pero para Víctor resultaban agotadores.
También aprendimos técnicas seguras para ayudarlo a incorporarse y trasladarse a su silla de ruedas sin lastimarlo.
Yo pensaba que los avances serían rápidos.
Me equivocaba.
Había mañanas en que Víctor amanecía de mal humor, con dolor y sin ganas de hablar. Otras veces, después de una sesión particularmente difícil, me pedía que lo dejara solo.
Al principio me lo tomaba personalmente.
Hasta que comprendí que recuperarse