no significaba sonreír todos los días.
Una tarde, mientras acomodábamos la sala para que pudiera circular con su silla, empujó una pequeña mesa y tiró un florero.
El ruido me hizo correr.
Lo encontré mirando los pedazos de cerámica.
—Soy una carga —dijo en voz baja—. Hasta para mover una mesa necesito ayuda.
Me agaché para recoger los fragmentos.
—Víctor, ese florero costó ochenta pesos. Tú estás aprendiendo a usar una silla en una casa que nunca fue adaptada para eso.
—No entiendes.
—Tienes razón. No sé exactamente lo que