sientes. Pero tampoco voy a permitir que un florero decida cuánto vales.
Guardó silencio.
Después me preguntó si podía ayudarlo a terminar de acomodar los muebles.
Aquella pequeña petición significó más que cualquier discurso.
Con el tiempo, contratamos a un albañil para construir una rampa en la entrada y adaptar el baño.
Víctor insistió en supervisar cada detalle.
—La pendiente está demasiado pronunciada —le reclamó al trabajador.
Yo me reí.
—Ahora resulta que tenemos ingeniero.
—Estudié arquitectura tres años, señora. Algo tenía que servirme.
Era verdad.
Antes del accidente, Víctor