No necesitaba revisar su teléfono para saber que existía. Bastaba con observar los gastos que Arturo ya ni siquiera intentaba esconder.
Cuando dejé de entregarle mi salario, empezaron las humillaciones.
Una noche llegó exigiendo la cena. Le expliqué que había comido afuera y que, como llevaba tres meses sin aportar para mis gastos, cada quien tendría que hacerse responsable de su comida.
Su respuesta todavía me duele.
—Por eso nadie te aguanta. Encima de inútil, ni hijos pudiste darme. Si sigo contigo es por lástima.
Aquella noche lloré encerrada en