el baño.
Pero también tomé una decisión: no volvería a mendigar cariño.
El departamento donde vivíamos pertenecía a Arturo desde antes de casarnos. Yo no tenía una propiedad propia y mis ahorros eran escasos. Por eso, cuando finalmente hablamos de separarnos, acepté que me cediera aquella mitad de una casa como parte de nuestro acuerdo.
Firmamos los documentos correspondientes en una notaría. Mi abogado revisó que la propiedad quedara legalmente a mi nombre.
Sin embargo, Arturo se negó a enseñarme el inmueble.
—Está por San Jerónimo Caleras. Es una casa