durante el ultrasonido, rompí a llorar.
No porque un embarazo demostrara cuánto valía.
Mi valor nunca había dependido de eso.
Lloré porque, después de tantos años permitiendo que otra persona definiera lo que podía o no podía hacer, la vida acababa de regalarme una posibilidad que yo misma había dejado de imaginar.
Aquella noche esperé a que Víctor terminara de trabajar.
Preparé su cena favorita y coloqué una pequeña caja junto a su plato.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Ábrela.
Dentro había una fotografía del ultrasonido.
Víctor la observó durante varios