mucho tiempo.
Miedo.
No el miedo de quien ha perdido toda esperanza, sino el de quien vuelve a permitirse tenerla.
Durante las semanas siguientes trabajó con una dedicación impresionante.
Al principio apenas lograba sostener parte de su peso.
Sus brazos temblaban. El sudor le corría por la frente. Algunas sesiones terminaban antes de lo previsto porque el cansancio era demasiado intenso.
Yo lo acompañaba cuando podía, pero había aprendido que mi lugar no era dirigir su recuperación.
Mi lugar era estar a su lado.
La mañana que consiguió mantenerse erguido