durante casi un minuto, Víctor me llamó apenas terminó la terapia.
—Mariana, hoy pude mirar a la doctora a los ojos sin que ella tuviera que agacharse.
Sonreí mientras las lágrimas me nublaban la vista.
—Estoy orgullosa de ti.
—Yo también estoy orgulloso de mí —respondió.
Y esas palabras fueron una victoria inmensa.
Semanas después llegó el día que jamás olvidaré.
Estábamos en el centro de rehabilitación. La fisioterapeuta había preparado las barras paralelas y colocado el equipo necesario para protegerlo.
Víctor se incorporó lentamente.
Primero apoyó las manos.
Después