ajustó la posición de los pies.
Le costaba respirar con tranquilidad.
Yo permanecía a unos pasos, con una mano sobre mi vientre.
—No tienes que demostrar nada —le recordé.
Víctor me miró.
—Lo sé.
La terapeuta le indicó que trasladara el peso con cuidado.
Él apretó las barras.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después, con un esfuerzo enorme, consiguió adelantar un pie unos centímetros.
La terapeuta lo sostuvo mientras recuperaba el equilibrio.
Fue un movimiento pequeño, inseguro, realizado con ayuda.
Pero para nosotros significó muchísimo.
Víctor comenzó a llorar.