“¿Tan poco te importé que ni para comprar una casa entera en un lugar perdido te alcanzó?”, le pregunté a mi esposo cuando me entregó los documentos de media propiedad tras 12 años juntos. Él sonrió y dijo: “Ya verás lo que te espera”. Guardé las llaves y me fui. Al abrir aquella puerta, entendí por qué había insistido tanto en regalarme esa mitad… Advertisements

en aquella habitación silenciosa, y comprendí que él tampoco tenía la culpa.

—Discúlpame —murmuré—. No sabía que vivías aquí.

—No tienes por qué disculparte. La casa también es tuya ahora.

Su voz sonaba tranquila, aunque sus ojos mostraban un cansancio que iba mucho más allá de la enfermedad.

—Puedes ocupar el cuarto del fondo —añadió—. Yo casi nunca salgo de aquí.

Mientras acomodaba mis pertenencias, descubrí que el refrigerador estaba desconectado. Los gabinetes de la cocina apenas contenían un poco de arroz, sal y unas galletas.

Regresé a su habitación.