en aquella habitación silenciosa, y comprendí que él tampoco tenía la culpa.
—Discúlpame —murmuré—. No sabía que vivías aquí.
—No tienes por qué disculparte. La casa también es tuya ahora.
Su voz sonaba tranquila, aunque sus ojos mostraban un cansancio que iba mucho más allá de la enfermedad.
—Puedes ocupar el cuarto del fondo —añadió—. Yo casi nunca salgo de aquí.
Mientras acomodaba mis pertenencias, descubrí que el refrigerador estaba desconectado. Los gabinetes de la cocina apenas contenían un poco de arroz, sal y unas galletas.
Regresé a su habitación.