de las lluvias.
Y Lucas trabajaba como tres hombres.
Eso era suficiente por el momento.
Los días siguientes fueron extraños.
Lucas se levantaba antes que yo, alimentaba las gallinas y preparaba agua caliente.
No sabía distinguir algunas variedades de semillas, pero aprendía deprisa.
Cuando se le formaron ampollas en las manos, se las vendó y siguió trabajando.
Una tarde empezó a llover mientras recogíamos los últimos haces.
Corrimos hacia el granero empapados.
Yo resbalé en el barro.
Lucas me levantó en brazos antes de que pudiera protestar.
—¡Bájame! ¡Peso mucho!