nada importante.
Adrian comenzó a temblar.
Llamó a Evelyn.
Una vez.
Dos.
Diez.
No respondió.
Subió precipitadamente al dormitorio.
Vacío.
Fue al estudio.
Vacío.
Finalmente la encontró en el jardín, sentada bajo un árbol, con un libro abierto sobre las rodillas.
—Evelyn…
Ella levantó la mirada.
Y supo inmediatamente que lo había descubierto.
Adrian cayó de rodillas frente a ella.
—Nuestro bebé…
Evelyn cerró el libro.
—Sí.
—¿Lo perdimos?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Lo perdí.
—Por favor, no digas eso.
—Estaba sola, Adrian.
Él intentó tomarle las manos.