que él, imprudentemente, se ofreció a comprarle.
Pero tampoco podía fingir que aquel gesto era inocente.
—Fue un error —respondió.
Colgó.
Después miró la fotografía de Evelyn que conservaba sobre su escritorio.
Era de su graduación.
Ella tenía veintiún años, llevaba una toga azul y sostenía una carpeta llena de reconocimientos académicos.
Adrian recordó que aquella noche había recibido una propuesta para integrarse en un prestigioso programa internacional de investigación.
Sus padres no la habían considerado conveniente.
Preferían que se casara.
Él tampoco la había animado a aceptar.
Le había