obedeció.
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
Qué extraño resultaba escuchar aquellas palabras de una boca que mentía con tanta facilidad.
—Eso dices —respondió ella.
Adrian soltó una carcajada nerviosa.
—¿Y qué significa eso?
—Nada. Buenas noches.
Subió las escaleras sin mirar atrás.
Adrian permaneció en el salón, desconcertado.
Durante su matrimonio, Evelyn había sido la primera en abrazarlo al llegar, la primera en preguntar si había cenado, la primera en preocuparse cuando pasaba demasiadas horas trabajando.
Ahora apenas parecía interesada en su presencia.
Por primera vez, la casa se sintió