demasiado grande.
Sin embargo, cuando su teléfono vibró y vio el nombre de Clara, aquella inquietud desapareció momentáneamente.
—Adrian —susurró Clara al otro lado—. Me siento muy sola esta noche.
Él miró hacia la escalera.
—Ya es tarde.
—Lo sé. Perdona. No debería haberte llamado.
Hubo una pausa.
—Es que desde que regresé, tú eres la única persona con la que realmente puedo hablar.
Adrian cerró los ojos.
Clara siempre había sabido qué palabras utilizar para hacerlo sentir necesario.
—Voy para allá —respondió.
Media hora después, salió de casa sin