Ni súplica.
Solo cansancio.
—¿Me odiarías si lo hiciera?
Evelyn tardó en responder.
—No te odio, Adrian.
Él sintió una pequeña esperanza.
—Entonces todavía…
—Pero ya no quiero ser tu esposa.
La esperanza desapareció.
Evelyn apoyó ambas manos sobre la barandilla.
—Perdí a nuestro bebé y, durante varios días, pensé que también había perdido las ganas de vivir. Después recordé todas las cosas que había querido hacer antes de casarme. Los países que quería conocer. Las investigaciones que soñaba con dirigir.
Su voz tembló apenas.
—Y entendí que no podía