borde de la fotografía.
—¿Habías elegido un nombre?
Ella asintió.
—Oliver, si era niño.
Él cerró los ojos.
—Oliver…
—Nunca llegamos a saberlo con certeza. Pero yo lo llamaba así cuando estaba sola.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Adrian.
—¿Puedo ir a visitar su tumba?
Evelyn negó suavemente.
—No hay una tumba. El hospital me entregó una pequeña caja con sus recuerdos. La guardé en casa de mi madre.
Él se cubrió la boca con la mano.
—¿Por qué tu madre tampoco me llamó?
—Porque yo se lo