abuela observó las habitaciones como si estuviera visitando una vida que ya no le pertenecía.
Entramos a su recámara.
—Abre el último cajón de aquella cómoda —me indicó—. Hay una caja metálica de galletas.
La encontré debajo de unas fotografías familiares.
Dentro había documentos antiguos, algunas cartas y un pequeño estuche rojo.
Mi abuela lo tomó con las manos temblorosas.
Lo abrió.
Dos aretes de oro brillaron sobre el terciopelo desgastado.
Sentí que me faltaba el aire.
Los reconocí inmediatamente.
Eran los mismos aretes que supuestamente habían desaparecido después del