a pedirle dinero.
Un día mi madre finalmente aceptó recibir aquellos aretes de oro.
Pero no se los quedó.
Los vendió, agregó dinero de sus ahorros y compró una andadera ligera para que mi abuela pudiera caminar con mayor seguridad por la calle.
—¡Eran una reliquia familiar! —protestó doña Amalia.
Mamá sonrió.
—Una reliquia que solo recordaba una mentira. Prefiero que ahora le sirva para seguir viviendo.
Mi abuela no contestó.
Solamente abrazó a mamá.
Fue la primera vez que las vi abrazarse desde que yo era niña.
Pasaron seis