años.
Durante ese tiempo, la relación de mi madre con mi abuela se volvió una amistad inesperada. Se llamaban para comentar las novelas, intercambiaban recetas y discutían sobre quién regaba mejor las plantas.
Cuando la salud de doña Amalia comenzó a deteriorarse nuevamente, mamá estuvo a su lado.
Esta vez hubo cuidadoras, médicos y una organización que evitó que toda la responsabilidad cayera sobre una sola persona.
Una tarde, poco antes de morir, mi abuela tomó la mano de mamá y le dijo:
—Elena, desperdicié tantos años odiándote… Y terminaste