dos mujeres perfectas. Mi abuela seguía siendo terca y mi madre aprendió a decirle que no cuando algo le parecía injusto.
Pero entre ellas comenzó a existir algo que jamás habían tenido.
Respeto.
Óscar reapareció varios meses después.
Su automóvil se había descompuesto y necesitaba cuarenta y cinco mil pesos para repararlo.
—Abuelita, somos familia. No me vas a dejar tirado, ¿verdad?
Mi abuela lo miró tranquilamente.
—Claro que somos familia, muchacho. Por eso voy a darte un consejo gratuito.
Óscar sonrió.
—¿Cuál?
—Aprende a usar el camión.
No volvió