haces aquí?
—Vengo a llevarla a mi casa, doña Amalia.
Mi abuela soltó una carcajada amarga.
—¿A tu casa? ¿Para burlarte de mí? ¿O quieres que te regale mi departamento?
Mamá dejó la bolsa junto a la cama.
—No necesito sus propiedades. Tengo mi casa y mi pensión. Usted necesita que alguien la cuide.
—¡Prefiero quedarme aquí!
—Entonces dígame quién va a venir por usted.
Mi abuela guardó silencio.
Mamá se acercó y pronunció unas palabras que nunca olvidaré.
—Alejandro era mi esposo y su hijo. Si estuviera vivo, jamás