Torres.
Ocho años de matrimonio convertidos en unas cuantas hojas.
Ninguna estaba firmada.
Pero existían.
Y mi esposo las había escondido junto a una maleta preparada para marcharse.
Entonces encontré otra hoja.
Era una carta escrita a mano.
En la parte superior había un nombre.
Rebeca.
No conocía a ninguna Rebeca.
Leí la primera frase:
“Rebeca, he pensado mucho en todo lo que hablamos y ya no puedo seguir fingiendo que mi matrimonio está bien.”
Dejé caer el teléfono.
Las llamadas.
Las noches distantes.
Los silencios.
La maleta.
Por primera