de entonces las cosas cambiaron poco a poco.
Mateo dejó de ayudarme automáticamente.
En vez de mover las cosas hacia mi mano, preguntaba:
“¿Quieres ayuda?”
Algunas veces decía que sí.
Otras, no.
Y él aprendió a respetar ambas respuestas.
Yo también cambié.
Dejé de responder “estoy bien” cuando no lo estaba.
Cada domingo por la noche nos sentábamos juntos y hacíamos una pregunta que Rebeca nos había enseñado:
“¿Qué fue difícil para ti esta semana?”
A veces hablábamos durante 5 minutos.
Otras veces durante una hora.
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