Durante años, mis padres me dieron por muerta para quedarse con la herencia de mis abuelos. En el juzgado oí a mi madre declarar: “Ya no tenemos esperanza de encontrarla”. Entré sin decir una palabra y entregué mi identificación. Todos se quedaron helados, pero el juez aún no había visto la firma imposible que aparecía en el expediente.

te gusta sentirte superior. Siempre igual, con tu trabajito del Gobierno y tus aires de intelectual.

Me quedé mirando la mesa. Tenía delante una fotografía de nuestra última Navidad juntas. En ella Blanca aparecía abrazando a papá mientras yo sostenía la cámara. Como casi siempre, estaba presente, pero fuera de la imagen.

—Blanca, ¿sabes dónde vivo? —pregunté.

—Pues claro que no. Nunca cuentas nada. Parece que te avergüenzas de nosotros.

—¿Y cómo has podido llamarme?

Se hizo un silencio extraño.

—Porque eres mi hermana, qué pregunta más estúpida.

Terminó la