cada documento hacía más difícil que mis padres siguieran fingiendo.
Al salir, escuché detrás de mí la voz de Blanca.
—¡Alex, espera! No puedes dejarnos así.
Me volví. Tenía el rímel corrido y una expresión que conocía desde la infancia: la misma con la que conseguía que mamá castigara a cualquiera que le dijera que no.
—¿Dejaros cómo?
—Arruinados. Ese socio quiere que le devolvamos el anticipo. Papá puso su casa como garantía de otro préstamo y ahora nadie quiere hablar con nosotros.
—¿Y qué parte de eso hice yo?