que yo había desaparecido sin dejar rastro.
La razón tenía seis ceros.
Mis abuelos maternos me habían dejado un fideicomiso que solo podía administrarse en mi beneficio. Mis padres lo habían llamado siempre «el dinero dormido». Aquel dinero, decían, serviría de mucho más si Blanca pudiera utilizarlo para salvar su última empresa. Como yo no acepté, encontraron un atajo: hacerme desaparecer sobre el papel.
No entré inmediatamente. Quería escuchar hasta dónde llegarían.
El abogado abrió una carpeta y entregó al secretario una declaración firmada. Mi madre habló de noches sin