guardada nuestra última conversación. «Hija, no seas dura con Blanca», decía en un audio. «Solo necesita un empujón». Lo había enviado veintisiete días antes de jurar que llevaba años sin saber de mí.
Lo que sentí no fue únicamente rabia. Fue vergüenza, una vergüenza absurda, como si yo hubiera hecho algo malo por haber creído que mis padres, pese a todo, jamás cruzarían semejante línea.
Solicité una copia del expediente por los cauces legales. Mi responsable, el general Martín, me recibió en su despacho cuando le expliqué que la mentira