El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

de la tarde bajaba al bajo.

A las siete se tumbaba en el rellano, justo donde más molestaba.

Y a las diez de la noche subía otra vez, con la expresión cansada de quien ha tenido demasiadas reuniones importantes.

Yo empecé a dejar una manta vieja en mi sillón.

La señora Beltrán puso su toalla doblada junto al radiador.

Y el resto del edificio, sin que nadie lo decidiera, empezó a girar alrededor de ese animal.

Don Ernesto, el del segundo, decía que a él los gatos nunca le habían