El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

de sonreír.

No una sonrisa grande.

Solo una de esas pequeñas que aparecen cuando la vida, por una vez, no aprieta tanto.

Después de Navidad, mi hija vino a verme con los niños.

Yo estaba nervioso.

No sé por qué.

Quizá porque durante años había querido demostrarle que estaba bien.

Que podía solo.

Que no necesitaba nada.

Y ahora mi casa tenía un cuenco de gato, una manta llena de pelos, medicinas sobre la mesa y una vecina de casi ochenta años que entraba sin llamar cuando traía caldo.

Mi