en el sillón, con un niño sentado en el suelo a cada lado.
La señora Beltrán reía con una taza entre las manos.
—Ya no estoy tan solo —dije.
Mi hija apretó un poco mi mano.
—Ya lo veo.
Esa tarde, cuando se marcharon, no sentí el golpe de siempre.
Claro que la casa quedó más quieta.
Claro que los eché de menos antes incluso de que bajaran la escalera.
Pero no fue el mismo vacío.
Porque media hora después llamaron a mi puerta.
Era la señora Beltrán.
—He hecho