una casa puede estar llena de muebles y aun así sentirse vacía.
Y que a veces basta un gato gordo, una oreja doblada y una cara de juez cansado para empezar a arreglar lo que nadie sabía que estaba roto.
Aquella tarde, Paco se subió con esfuerzo a mi regazo.
Pesaba como un saco de patatas con opiniones.
Le acaricié la cabeza.
La señora Beltrán estaba a mi lado, sonriendo.
Don Ernesto repartía vasos.
Los niños corrían por el portal.
Las puertas estaban abiertas.
No todas.
Pero muchas.
Y eso